-¡Subiela! ¡Agarrame la manivela!-dijo Ribaudi, llevándose las dos manos a los testículos. - Eso. Y en la casa de su abuela, señor- agregó Cáceres. - Payaso...- concluyó Ribaudi.
...Ni la pequeña boca de tu rostro podra sonreir ahora; la verdad se apiadó de tu conciencia, y nada de lo que digas te salvará del infinito dolor...ya podré verte otra vez, pero muy lejos de aquí...